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martes, 28 de diciembre de 2010

La ciudad


Día a pleno sol; la ciudad está muy concurrida en sus calles. Camino solo, ensimismado, cabizbajo y con ambas manos unidas sobre la zona sacra. Algo llama mi atención en el horizonte. Me detengo. Improviso con mi mano derecha una visera que coloco en mi frente ya erguida, sobre mis cejas, para así poder divisar a la distancia: veo mucha gente caminando, demasiada. Muy pocos caminan juntos, casi todos son como extraños.
Un pequeño puñado, los menos, benevolentes, se preocupan por su prójimo y están dispuestos, si se los necesita, a dar una mano; siempre atentos, siempre amables, no esperan nada a cambio de su buena acción. Son curiosos, muy dedicados y rechazan los actos desprovistos de sinceridad y buena voluntad.
Otro puñado, este un poco más abundante, tal vez el doble (sino el triple) que aquel otro, piensan en ellos mismos, son egoístas. Su interés personal, a costa de cualquier cosa, es lo único que les importa. Sólo buscan cumplir sus objetivos, el medio a través del cual lo logran, o no, no les interesa. El dinero, la fama y el orgullo son sus principales pilares en la vida.
Pero el resto, sin contar los anteriores 2 puñados, son los que forman el grupo más numeroso. Por amplia mayoría sobrepasa a los otros grupos y, particularmente, es un grupo extraño, de difícil descripción. Parecen autómatas. Van, caminan y caminan todos en la misma dirección, sin pararse a pensar. Cuando uno de ellos pretende cambiar el rumbo, el resto se encarga de advertirlo para que retorne y este rápidamente retoma el camino abandonado. Son un gran rebaño. Diría que parecen clonados, no por su similitud física sino por su actuar. Necesitan siempre el apoyo de su par y les interesa sobremanera lo que opine el resto de la masa. Pocos, o casi ninguno, forman una opinión propia, un punto de vista que diste demasiado del término medio. Buscan siempre la mesura, son temerosos y cobardes. Huyen de sus defectos y tapan sus miedos con diferentes entretenimientos. Se mezclan con los otros 2 grupos pero siempre conservan su identidad. Son sumisos, tratan de ser respetuosos y siguen la tradición. Forman familias y les enseñan a sus hijos a ser ni más ni menos como ellos. Nunca reflexionan demasiado y les molesta pensar en profundidad los problemas de la vida.
Comenzó a caer el sol. Los rayos del Febo ahora son tapados, al menos en parte, por la cima de los altos edificios. Mi visera ya no es necesaria y meto mis manos en los bolsillos de mi pantalón. Ha oscurecido ya casi completamente y los grupos siguen andando copando las calles de la gran urbe. Miro hacia abajo, pensativo, y una cruel, pero pasajera, tristeza recorre mis nervios. Comienzo nuevamente mi marcha con paso lento pero firme y me adentro en el corazón de la inmensa masa.

jueves, 16 de diciembre de 2010

El autoritarismo y los mecanismos de evasión

Transcribo textualmente, es decir "copio y pego", un excelente análisis sobre una parte de la obra de Erich Fromm "Miedo a la libertad" hecha por el compañero Capi Vidal del blog http://reflexionesdesdeanarres.blogspot.com/. Creo que vale la pena su difusión.

Conviene aclarar, antes de seguir indagando en la obra de Erich Fromm, el significado de los términos, relativos al individuo, "neurótico" y "normal" o "sano". Ello es clave para el estudio de la sicología individual, siempre como base de la comprensión de la sicología social, ya que el estudio detallado de los mecanismos sicológicos esclarece, llevándolo a gran escala, el proceso social. El término "normal" o "sano" puede tener dos significados: desde la perspectiva de una sociedad en funcionamiento, una persona es considerada normal si es capaz de cumplir un determinado papel social (trabajar en cierta función, fundar una familia); en segundo lugar, y desde la perspectiva individual, puede considerarse una persona sana o normal a la persona que logra un grado óptimo de expansión y felicidad. Como es lógico, si la estructura social es adecuada, pueden coincidir ambas perspectivas, sin que sea ese el caso de la mayoría de las sociedades, ya que suele haber discrepancia entre asegurar el funcionamiento social y el promover el desarrollo del individuo. Por lo tanto, hay que distinguir bien entre esos dos conceptos de salud o normalidad, uno determinado por las necesidades sociales, otro por las normas y valores que rigen la existencia individual.

Fromm reprocha que se olvide esta diferenciación, primando casi siempre la adaptación del individuo a la función social, por lo que aquel que no lo esté se le estigmatiza como poco valioso. Muy al contrario, la persona muy eficiente en su función social es a menudo menos sana si adoptamos la perspectiva de los valores humanos. La adaptación social se produce con frecuencia porque la persona se despoja de su yo, de su espontaneidad y de su personalidad, para transformarse, en mayor o menor medida, y adecuarse a una función (a lo que se espera de ella). En el caso contrario, se considera individuo neurótico a aquel que se resiste a someter su yo en esa lucha, siendo difícil que obtenga éxito al expresar su personalidad de manera creadora y lo normal es que acabe buscando refugio en alguna fantasía. A pesar de ello el individuo tildado de neurótico, y desde los valores humanos, es alguien menos mutilado que esa persona "normal" que ha sacrificado su personalidad. Naturalmente, no es este un juicio que se pueda aplicar a todas las personas, pero lo importante es dinamitar ese estigma sobre que alguien es neurótico al no ser eficiente socialmente. Desde este punto de vista de eficiencia social, no puede llamarse neurótica a toda una sociedad. Sin embargo, desde los valores humanos sí puede hacerse, si cada persona ha sacrificado su personalidad en el proceso social. Fromm, no obstante, no quiere etiquetar con el término neurósis y prefiere hablar de una sociedad favorable o no a la felicidad humana y a la autorrealización de la personalidad.

La inseguridad del individuo aislado, aquel que ha perdido los llamados vínculos primarios, provocan unos mecanismos de evasión. A esta persona, se le abren dos caminos para superar su estado de soledad e impotencia: uno de ellos puede progresar hacia la libertad positiva, llegar a una conexión con el mundo gracias al amor y al trabajo y a poder expresar genuinamente sus facultades emocionales, sensitivas e intelectuales, no hay sacrificio del yo individual; el otro camino es el que hace retroceder al individuo, abandona su libertad y trata de superar su estado de aislamiento rompiendo la brecha entre su personalidad individual y el mundo. Ésta última opción no hace volver a un estado anterior a la individuación, ya que la ruptura con los vínculos primarios no tiene marcha atrás, y se caracteriza por un estado compulsivo (como los brotes de terror ante una amenaza) y por el sacrificio de la individualidad y de la integridad del yo. Por lo tanto, este camino no conduce a la felicidad ni a la libertad positiva, por el contrario es una pauta propia de los procesos neuróticos, que puede paliar la angustia vital y evitar estallidos de pánico, pero que deja el problema subyacente y relega la vida a actividades automáticas y compulsivas. En Miedo a la libertad, Fromm se ocupa de analizar estos mecanismos de evasión que sacrifican la libertad, tanto en los regímenes fascistas como en las democracias modernas.

El primer mecanismo de evasión analizado es aquel que lleva a abandonar la independencia del yo individual propio y a fundirse con algo o alguien, exterior a la persona, con el fin de lograr la fuerza que el yo individual no tiene. Puede llamarse a esta tendencia como búsqueda de "vínculos secundarios", que substituyan a los perdidos "vinculos primarios", y sus síntomas más evidentes están en las formas compulsivas de sumisión y de dominación o, más estrictamente, en los impulsos sádicos y masoquistas tal y como se dan en una persona "sana" o "neurótica" en distinta medida. Las formas habituales de tendencias masoquistas tienen su base en los sentimientos de inferioridad, impotencia e insignificancia del individuo. Las personas con estas tendencias, a pesar de que aparentemente quieran librarse de ellas, sufren algún poder inconsciente que les hace sentirse inferiores, suelen tener un dependencia muy marcada respecto a fuerzas externas (personas, instituciones, la misma naturaleza...), rehuyen la autoafirmación y no pueden hacer lo que quisieran. Aunque estos impulsos tienen a veces consecuencias dramáticas e irracionales, a menudo son síntomas inexplicables que simplemente les conducen a someterse a fuerzas poderosas y a no hacer lo más adecuado para ellos en su cotidianeidad. Con frecuencia, la tendencia sadomasoquista adopta formas racionalizadas, como es el caso de la dependencia a la que se quiere llamar amor o lealtad, de los sentimientos de inferioridad como expresión correcta de defectos que existen realmente o considerar los propios sufrimientos como si fueran debidos a situaciones inmutables.

Es éste un tipo de carácter autoritario que puede adoptar esas tendencias masoquistas, pero también todo lo contrario, el carácter sádico en diferente grado. Fromm distigue tres tendencias, vinculadas entre sí de diferente modo: una primera dirigida al sometimiento de los otros, a un ejercicio absoluto del poder que reduce a los dominados a meros instrumentos; otra tendencia, no solo domina a los demás, sino que les explota y saquea, incorpora a su propia persona todo lo que tenían de asimilable los dominados (no solo en el aspecto material, también las cualidades emocionales e intelectuales); por último, el tercer tipo sádico se caracteriza por el deseo de hacer sufrir a los demás (o verlos sufrir, tanto física como síquicamente), de colocarlos en posiciones humillantes y vergonzosas. Por motivos evidentes, las tendencias sádicas suelen ser menos conscientes y más racionalizadas que las masoquistas (que son menos peligrosas socialmente). Los impulsos sádicos se ocultan a menudo detrás de reacciones de exagerada bondad o preocupación por los demás, tipo "sé lo que te conviene y por eso decido por ti" o "yo soy tan maravilloso que espero obediencia por parte de los demás"; otras racionalizaciones del tipo sádico son el chantaje emocional de "yo he hecho tanto por ti, que ahora puedo exigirte; el deseo de venganza por el daño que nos han hecho, o el ataque preventivo que se realiza antes de una posible agresión.

Insiste Fromm en un factor importante, que a menudo se olvida, y es la relación de dependencia que se establece entre la persona sádica y su objeto. A la inversa, parece lógica la dependencia del masoquista, pero en el caso del dominador lo habitual es considerarlo fuerte e independiente. Un análisis detallado demuestra lo contrario, el sádico necesita de la persona que domina, una dependencia que a veces es inconsciente, ya que sus sentimientos de fuerza arraigan en el hecho de que él es dominador de alguien. El caso típico es el del dominador dentro de una pareja, el cual solo aparenta una relación de fuerza, pero depende en gran medida de la persona dominada y si ésta logra reunir el valor para intentar abandonarlo, él sacará a la luz la dependencia subyacente para evitar estar solo. No existen sentimientos amorosos verdaderos en multitud de relaciones, solo aparecen superficialmente cuando la relación amenaza con disolverse. Sin embargo, Fromm menciona otros casos en lo que sí puede decirse que el dominador "ama" a su objeto dominado (el ejemplo común es el de las relaciones entre padres e hijos), ya que en realidad solo los quiere porque los domina, y se producen sobornos y chantajes de diverso tipo para mantener una relación en la que el ser "amado" no es libre ni independiente. Para muchos autores, el sadismo no ha sido objeto de gran preocupación al considerarse parte de la naturaleza humana, siendo el más conocido e influyente el caso de Hobbes, el cual consideraba el anhelo de poder una consecuencia racional del deseo humano de placer y seguridad. Por el contrario, el masoquismo o tendencia dirigida contra el propio yo se consideraba simplemente un enigma. Lo que sí atrajo la atención de los expertos es la perversión masoquista, o goce consciente e intencional del dolor y la humillación, antes que el llamado carácter masoquista (o masoquismo moral), pero Fromm señala que existe un vínculo entre ambos tipos.

Se recordará la raíz común de los impulsos sádicos y masoquistas, la ayuda para evadirse de la insoportable sensación de aislamiento e impotencia. A menudo, son sentimientos inconscientes, otras se enmascaran con una fórmula compensatoria que exalta la propia perfección y excelencia. Una observación síquica adecuada puede sacar a la luz que el individuo en realidad solo es libre en sentido negativo, o lo que es lo mismo, que se halla solo en un mundo extraño y hostil, y su necesidad esté dirigida a buscar las cadenas de su propio yo, a entregar una libertad que le es insoportable. Naturalmente, la solución de estos impulsos masoquistas, que adopta formas culturales como la sumisión a un líder y a una causa común en determinados regímenes, únicamente logra una falsa seguridad, un alivio momentáneo del sufrimiento, mientras que en su base sigue existiendo el problema. El impulso masoquista puede no hallar tales formas culturales en las que sacrificar el yo, o tal vez la intensidad de aquel excede el grado de masoquismo del grupo social, por lo que la solución buscada fracasa totalmente y deja al individuo presa de nuevos sufrimientos. Fromm considera que si la conducta humana fuera siempre racional y entregada a unos fines, el masoquismo sería inexplicable, pero el estudio de los trastornos emocionales y síquicos enseña que el comportamiento humano puede ser motivada por impulsos originados por la angustia o por algún otro estado síquico insoportable. Esos impulsos tratan de buscar una solución al malestar emocional, pero como mucho logran ocultar sus expresiones más visibles. Hay una clara diferenncia entre la actividad neurótica y la racional, ya que en ésta los resultados se corresponden a los fines, actúan para obtener determinadas consecuencias. Por el contrario, los impulsos neuróticos promueven una acción compulsiva de carácter negativo, que consiste en escapar de una situación insoportable (sentimiento que es tan fuerte, que no opta por una conducta que lleve a una solución real). En definitiva, es una situación en la que las personas no son libres de elegir, no actúan según su verdadera conciencia ni regidos por su propio yo, simplemente toman un camino que les alivie de un sufrimiento sacrificando su individualidad en el proceso.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

El veneno del nazionalismo


El nacionalismo, como cualquier otro fanatismo, ademas de las nefastas connotaciones sociales a las que lleva, cabe destacar: racismo, guerra, xenofobia, fronteras y muchas otras, posee su raíz psicológica en la identificación con algo que le de sentido a nuestras vidas. Nuestro "yo" para alimentarse, requiere de identificaciones constantes: con una nación, con un partido político, con un sistema religioso. Esto nos hace sentir "pertenecientes a...", yo soy esto, yo soy lo otro; la no-pertenecia al "yo" lo hace sentir chiquito, casi inexistente y sin valor. La incertidumbre y el estado de "no se" son uno de sus peores enemigos. No nos damos cuenta que detrás de estas identificaciones viene la división, el conflicto. Este sentido de pertenencia nos hace rechazar y combatir todo lo que no esté dentro de su circulo.
El nacionalismo es uno de los peores venenos por el cual el ser humano puede ser poseído.
A continuación coloco un fragmento del libro "La libertad primera y última" de J.Krishnamurti:

¿Cómo nos libramos del nacionalismo? Sólo comprendiendo plenamente lo que él implica, examinándolo, captando su significación en la acción externa e interna. En lo externo, él causa divisiones entre los hombres, clasificaciones, guerras y destrucción, lo cual es obvio para cualquiera que sea observador. En el fuero íntimo, psicológicamente, esta identificación con lo más grande, con la patria, con una idea, es evidentemente una forma de autoexpansión. Viviendo en una pequeña aldea, o en una gran ciudad, o donde sea, yo no soy nadie; pero si me identifico con lo más grande, con el país, si me llamo a mí mismo hindú, ello halaga mi vanidad, me brinda satisfacción, prestigio, una sensación de bienestar; y esa identificación con lo más grande, que es una necesidad psicológica para los que sienten que la expansión del “yo” es esencial, engendra asimismo conflicto, lucha entre los hombres. De suerte que el nacionalismo no sólo causa conflictos externos, sino frustraciones íntimas; y cuando uno comprende el nacionalismo, todo el proceso del nacionalismo, éste se desvanece. La comprensión del nacionalismo llega mediante la inteligencia. Es decir, observando cuidadosamente, penetrando el proceso integro del nacionalismo, del patriotismo, surge de ese examen la inteligencia; y entonces no se produce la substitución del nacionalismo por alguna otra cosa. En el momento en que reemplazás el nacionalismo por la religión, la religión se convierte en otro medio de autoexpansión, en una fuente más de ansiedad psicológica, en un medio de alimentarse uno mismo con una creencia. Por lo tanto, cualquier forma de substitución, por noble que sea, es una forma de ignorancia. Es como alguien que substituyera el fumar por la goma de mascar o el fruto del betel. En cambio, si uno comprende realmente, y en su totalidad, el problema del fumar, de los hábitos, sensaciones, de las exigencias psicológicas y todo lo demás, el vicio de fumar desaparece. Sólo podéis comprender cuando hay un desarrollo de la inteligencia, cuando la inteligencia funciona; y la inteligencia no funciona cuando hay substitución. La substitución es simplemente una forma de autosoborno, de incitaros a que no hagas esto pero sí hagas aquello. El nacionalismo con su veneno, sus miserias y la lucha mundial que acarrea sólo desaparece cuando hay inteligencia, y la inteligencia no surge por el mero hecho de pasar exámenes y estudiar libros. La inteligencia surge cuando comprendemos los problemas a medida que se presentan. Cuando hay comprensión del problema en sus diferentes niveles -no sólo en la parte externa sino de lo que él implica en su aspecto interno, psicológico-, entonces, en ese proceso, la inteligencia se manifiesta. Cuando hay, pues, inteligencia, no hay substitución; y cuando hay inteligencia desaparece el nacionalismo, el patriotismo, que es una forma de estupidez.

viernes, 5 de noviembre de 2010

La mentalidad mercantilista


La regla de oro en toda actividad comercial es: “en el intercambio de bienes siempre debes ganar más de lo que pierdes”. Esta idea implementada y practicada en todo el sistema económico-comercial tiene profundas implicancias en nuestra forma de pensar y de vivir a tal punto que el axioma mencionado lo trasladamos y lo manifestamos diariamente en las relaciones interpersonales. Todas las acciones humanas, incluso el amor, son tratadas como mercancías intercambiables con un valor determinado y uno debe salir beneficiado de dichas transacciones. Escribo aquí una cita de Emma Goldman muy apropiada al caso que marca esto del “amor mercancía”: " Si el amor no sabe cómo dar y recibir sin restricciones, no es amor, sino una transacción que nunca deja de insistir en más o menos. "

Prácticamente no hay actividad humana no atravesada, no tocada, no infectada por este desgraciado enunciado. Cuando al menos en las actividades comerciales no pareciera tener aparejado ningún tipo de perjuicio (punto sumamente discutible), es el responsable de la mecanización y negociación constante de nuestras infelices relaciones.

Debido a esto, el ser humano, el “otro”, no es visto como un “otro” con todas sus potencialidades y sus singularidades sino como “alguien que puede servir para algo”, como una cosa. Es decir, vemos a nuestros pares como un medio para conseguir algo y no como un fin en sí mismo. Con esta visión del “otro” tejemos nuestras relaciones habituales con la familia, la pareja y la sociedad transformando al individuo en un objeto/cosa/medio/mercancía. Indudablemente, de este tipo de relaciones no puede esperarse más que el sentimiento inherente de posesión, ambición, celos, desencuentros, discusiones, egoísmo y todo tipo de los ya conocidos problemas relacionales. Vuelvo a citar, para aclarar el panorama, ahora a Erich Fromm: “En una cultura en la que prevalece la orientación mercantíl y en la que el éxito material constituye el valor predominante, no hay en realidad motivos para sorprenderse de que las relaciones amorosas humanas sigan el mismo esquema que gobierna el mercado de bienes y de trabajo.”

¿Cómo es posible que una relación sea virtuosa cuando espero mi satisfacción personal por medio de un “otro” al que solo veo como objeto? Una relación de esta estirpe solo puede generar desdicha y crueldad. No es posible, hoy en día, ver a la “otra persona” sin la pantalla, sin el tamiz, de la mentalidad mercantilista y de este modo generamos relaciones infructuosas y sociedades hondamente enfermas y egoístas.

Una sociedad sana requiere de relaciones sanas y hasta que no abolamos este “sentimiento mercantilista” de nuestras vidas seguiremos construyendo y padeciendo todas las crueldades y las infelicidades que nuestra sociedad actual cultiva. Es momento ya de un lavado cerebral para barrer con la mentalidad mercantilista.

viernes, 1 de octubre de 2010

El dinero es deuda



Bueno, esta triste pero real entrada consiste en un video dividido en 5 partes de al rededor de 10 minutos cada una, en las cuales se exponen a las claras, con un lenguaje sencillo como funciona el sistema financiero-monetario mundial, que, como concluirán al finalizar de verlo, es una de las estafas más grandes jamas creadas. Muy interesante para difundir y educar.
No sigamos luchando por pequeñas reformas con leyes que no sirven para nada, ya es hora de atacar la raíz del conflicto. Despertemos!!

PARTE 1


PARTE 2


PARTE 3


PARTE 4


PARTE 5

martes, 14 de septiembre de 2010

Demogracia




¿Cuánto tiempo mas pasará hasta que nos demos cuenta que la democracia en la que vivimos no es democracia alguna? La mayoría sabe que, etimológicamente, la palabra “democracia” quiere decir: gobierno del pueblo. Siquiera pensando un poco rápidamente nos damos cuenta la falacia de esto; ningún pueblo quiere pasar hambre, tener guerras, crisis, asesinatos, explotación, robos y todas las cosas que pasan en la sociedad actual. Me vuelvo a preguntar donde esta entonces el gobierno del pueblo. Lamento afirmar, tan apresuradamente, que dicha voluntad del pueblo no existe mientras vivamos bajo la democracia como es entendida hoy en día: soy libre de decir lo que quiero, nadie me censura, puedo elegir lo que quiero. La democracia ha quedado reducida a contentarse con “poder decir lo que uno quiere”, lo cual positivo, por supuesto, pero no es suficiente. Pero es que todos queremos vivir en democracia ¿Qué es lo que impide que lo hagamos? ¿Por qué la voluntad del pueblo no es atendida si todos somos representados por nuestros gobernantes? Aquí hay varios aspectos que aclarar: Primero, y tal vez el más obvio, es claro que los intereses de la clase política no son los mismos que la del pueblo y no importa que partido político sea, el sistema gubernamental nunca va a representar a la inmensa masa poblacional lo cual trae implícito que algunas políticas de estado beneficien a unos y perjudiquen a otros y estos últimos tengan que amoldarse a lo que el gobierno de turno considere correcto sino serán duramente reprimidos por los policías (cabe preguntarse aquí donde habrá quedado la libertad de estas personas reprimidas), al menos hasta las próximas elecciones donde la situación puede revertirse y los que antes eran castigados ahora tienen el mando y castigan a los otros a través, nuevamente, de la misma policía que ahora obedecen sus ordenes. En segundo lugar, si nos ponemos a analizar un poco profundamente el asunto, podemos llegar a darnos cuenta que la representación que de tanto se vanagloria el sistema democrático actual no existe porque nadie puede ser representado por otra persona, cada pensamiento es único e irrepetible, todos tenemos conceptos diferentes y es improbable que en un país con millones de habitantes todas las voluntades de los votantes coincidan con todas las decisiones del representante elegido por cada uno. Además dicho representante no está aislado sino que responde a un partido político que a su vez le cercena la libertad a este representante diciéndole que es lo que debe y no debe votar ya que en general los partidos políticos son comandados por uno o dos cabecillas. En tan larga cadena de representaciones y voluntades entregadas a otros es esperable que las decisiones del individuo se diluyan y no sean representadas en absoluto por este sistema que algunos tanto defienden.
No quiero que nadie decida por mí. No quiero entregar mi voluntad a otra persona. Nadie más que a yo mismo me represento y mis ideas, algunas buenas otras malas, son solo mías. Soy humano, individuo de la sociedad y consiente de mis propias responsabilidades y no necesito delegar mis propuestas. No defiendo este sistema fraudulento, corrupto y tiránico que algunos erróneamente llaman “democracia”.
Democracia podrá llamarse a aquella sociedad en que todas las necesidades básicas de sus individuos sean satisfechas, todos sean verdaderamente libres y autónomos, donde nadie quiera imponer nada a nadie, donde cada uno respete a los demás y sea consiente de sus responsabilidades desempeñándose en lo que a cada uno más le guste, cuando el mismo pueblo no trabaje en pos de nada más que del beneficio de si mismo creciendo y generando bienestar en todos sus individuos. Ese es el verdadero “gobierno del pueblo”. Esa es la democracia que quiero, no la mentira que nos venden actualmente…

martes, 10 de agosto de 2010

Mi amiga la muerte


En la actualidad vemos a la muerte como a una enemiga. Como una desconocida que llega para llevarse nuestras ilusiones, nuestros sueños, nuestras aspiraciones y a nuestros seres queridos. Para poder combatir la incertidumbre que esta desgraciada nos genera, ya que no sabemos nada sobre ella, inventamos bellas teorías como la vida después de la muerte, nuevas futuras vidas, una mejor vida en el "más allá", etc. Intentamos explicar con nuestro cerebro racional como sería la vida cuando venga la muerte, es decir, buscamos la mejor explicación posible para "vivir la muerte". Todo esto indica que queremos prolongar nuestras vidas, incluso después de muertos; cuando muerte significa, al menos coloquialmente, fin de la vida. Somos seres extraordinarios, no queremos morir. Nos apena y angustia la idea de que nuestras vidas tengan un final y que nuestra muerte sea sencillamente nuestra muerte y no haya nada más después de la vida. ¿Porque queremos vivir incluso una vez muertos? Todo me hace pensar que no sabemos vivir nuestras vidas por eso tememos que algún día termine, incompleta, infeliz, insatisfecha.Por eso pateamos la idea de muerte hacia adelante, como algo que ocurre cuando somos ancianos o que llega inesperadamente en un accidente... Pero ¿Qué pasaría si dejamos de ver a la muerte como una enemiga y la vemos como nuestra compañera de viaje? Como diría Heidegger, los seres humanos tenemos infinitas posibilidades y opciones, pero en todas ellas está presente la posibilidad de morirnos. Es decir, en cada decisión, en cada acción de todos los días la muerte se encuentra junto a nosotros recordándonos la finitud de la vida. Lejos de verlo como un mensaje pesimista, entiendo que esta idea es de una belleza y romanticismo poca veces vista. La muerte está ahí, a nuestro lado, a cada momento recordándonos que eso que estamos haciendo puede ser lo último que hagamos; está allí motivándonos constantemente a ser nosotros mismos, a hacer lo que nos gusta y a valorar cada momento como si fuese el último.
La muerte no está al final de la vida sino en cada uno de sus momentos. No veo la muerte como a una parca vestida de negro con cara de calavera y aspecto siniestro; muy por el contrario, la veo como mi dulce compañera de vida.

lunes, 5 de julio de 2010

Iglesia vs. Sociedad



La iglesia, como toda institución fundamentada en dogmas (conceptos fijos, establecidos e inamovibles), es incompatible con el progreso de las leyes que se desarrollan en el seno de una sociedad ya que éstas se modifican, se reveen, se renuevan o se anulan conforme el momento histórico y el contexto particular que cada sociedad vive. Las sociedades son organismos vivos, en cambio, la iglesia es una entidad muerta, en tanto no admite variaciones, replanteos ni modificaciones.Las personas que desean someterse a los dogmas eclesiásticos deben comprender que no todos los individuos que conforman la sociedad comparten su sistema de creencias y , por lo tanto, tampoco desean que la forma de vida elegida por ellos (en tanto no afecte a terceros) se vea afectada por los prejuicios que del dogma se desprenden.

martes, 22 de junio de 2010

Bicentenario argentino



LA HISTORIA SE REPITE AÑO TRAS AÑO, A MI PARECER, DE UNA FORMA NO DIALÉCTICA.

lunes, 7 de junio de 2010

Las Moscas



Amigo mio cobíjate en tu soledad! Te veo ensordecido por el ruido de los grandes hombres, y aflijido por los aguijones de los pequeños.
El bosque y la roca saben callar dignamente contigo. Vuelve a ser igual que el árbol al que amas, el árbol de amplias ramas: silencioso y atento pende sobre el mar.
Donde acaba la soledad, allí comienza el mercado; y donde comienza el mercado, allí comienzan también el ruido de los grandes comediantes y el zumbido de las moscas venenosas.
En el mundo las mejores cosas no valen nada sin alguien que las represente: grandes hombres llama el pueblo a esos actores.
El pueblo comprende poco lo grande, esto es: lo creador. Pero tiene sentidos para todos los actores y comediantes de grandes cosas.
En torno a los inventores de nuevos valores gira el mundo: gira de modo invisible. Sin embargo, en torno a los comediantes giran el pueblo y la fama: así marcha el mundo.
Espíritu tiene el comediante, pero poca conciencia de espíritu. Cree siempre en aquello que mejor le permite llevar a los otros a creer,¡a creer en él!
Mañana tendrá una nueva fe, y pasado mañana, otra más nueva. Sentidos rápidos tiene el comediante, igual que el pueblo, y presentimientos mudables.
Derribar, eso significa para él: demostrar. Volver loco a uno, eso significa para él: convencer. Y la sangre es para él el mejor de los argumentos.
A las verdades introducibles sólo en oídos delicados, las llama mentira y nada. ¡En verdad, sólo cree en dioses que hagan gran ruido en el mundo!
Lleno de bufones solemnes está el mercado ¡y el pueblo se gloría de sus grandes hombres! Éstos son para él los señores del momento.
Pero el momento los apremia: así ellos te apremian a ti. Y también de ti quieren ellos un sí o un no. ¡Ay!, ¿quieres colocar tu silla entre un pro y un contra?
¡No tengas celos de esos incondicionales y apremiantes, amante de la verdad! Jamás se ha colgado la verdad del brazo de un incondicional.
¡Vuelve a tu refugio y aíslate de la gente atropellada!: sólo en el mercado le asaltan a uno con un ¿sí o no?
Todos los pozos profundos viven con lentitud sus experiencias: tienen que aguardar largo tiempo hasta saber qué fue lo que cayó en su profundidad.
Todo lo grande se aparta del mercado y de la fama: apartados de ellos han vivido desde siempre los inventores de nuevos valores.
Huye, amigo mío, a tu soledad: te veo acribillado por moscas venenosas. ¡Huye allí donde sopla un viento áspero, fuerte!
¡Huye a tu soledad! Has vivido demasiado cerca de los pequeños y mezquinos. ¡Huye de su venganza invisible! Contra ti no son otra cosa que venganza.
¡Deja de levantar tu brazo contra ellos! Son innumerables, y no es tu destino el ser espantamoscas.
Innumerables son esos pequeños y mezquinos; y a más de un edificio orgulloso han conseguido derribarlo ya las gotas de lluvia o las malas hierbas.
Tú no eres una piedra, pero has sido ya excavado por muchas gotas. Acabarás por resquebrajarte y por romperte en pedazos bajo tantas gotas.
Fatigado te veo por moscas venenosas, lleno de sangrientos rasguños te veo en cien sitios; y tu orgullo no quiere ni siquiera encolerizarse.
Sangre quisieran ellas de ti con toda inocencia, sangre es lo que sus almas exangües codician y por ello pican con toda inocencia.
Mas tú, profundo, tú sufres demasiado intensamente incluso por pequeñas heridas; y antes de que te curases, ya se arrastraba por tu mano la misma larva venenosa.
Demasiado orgulloso me pareces para matar a esos golosos. ¡Pero procura que no se convierta en tu fatalidad el soportar toda su venenosa injusticia!
Ellos zumban a tu alrededor también con su alabanza: impertinencia son sus elogios. Quieren la cercanía de tu piel y de tu sangre.
Te adulan como a un dios o a un demonio; lloriquean delante de ti como delante de un dios o de un demonio. ¡Qué importa! Son aduladores y llorones, y nada más.
También suelen hacerse los amables contigo. Pero ésa fue siempre la astucia de los cobardes.¡Sí, los cobardes son astutos!
Ellos reflexionan mucho sobre ti con su alma estrecha, ¡para ellos eres siempre preocupante! Todo aquello sobre lo que se reflexiona mucho se vuelve preocupante.
Ellos te castigan por todas tus virtudes. Sólo te perdonan de verdad tus fallos.
Como tú eres suave y de sentir justo, dices: «¿Tienen ellos la culpa de su mezquina existencia?». Mas su estrecha alma piensa: «Culpable es toda gran existencia.»
Aunque eres suave con ellos, se sienten, sin embargo, despreciados por ti; y te pagan tus bondades con daños encubiertos. Tu silencioso orgullo les irrita y se alegran mucho cuando alguna vez eres bastante modesto para ser vanidoso.
Lo que nosotros reconocemos en un hombre, eso lo hacemos arder también en él. Por ello ¡guárdate de los mezquinos!
Ante ti ellos se sienten pequeños, y su bajeza arde y se pone al rojo en contra tuya con sed de venganza secreta.
¿No has notado cómo solían enmudecer cuando tú te acercabas a ellos, y cómo su fuerza los abandonaba, cual humo de fuego que se extingue?
Sí, amigo mío, para tus prójimos eres tú la conciencia malvada: pues ellos no son dignos de ti. Por eso te odian y quisieran chuparte la sangre.
Tus prójimos serán siempre moscas venenosas; lo que en ti es grande eso es justamente lo que acrecienta su veneno y les hace más moscas.
Amigo Mio, huye a tu soledad, allí donde sopla un viento áspero, fuerte. No es tu destino el ser espantamoscas.
Así habló Zaratustra

sábado, 8 de mayo de 2010

El universo conocido

Hace apenas unas semanas, el Museo Americano de Historia Natural colgó en la red este espectacular vídeo, una reconstrucción informática que muestra un "viaje" desde la superficie de la Tierra hasta los límites del universo conocido.
Lo que hace que este vídeo sea único y diferente a la mayoría de los que se han hecho hasta ahora es que todo lo que en él aparece está basado en datos reales. Es decir, que no se trata de un vídeo "artístico" realizado según simples criterios estéticos, sino de una auténtica reconstrucción, pieza a pieza, de todo lo que sabemos sobre el universo en que vivimos.



Y luego de ver esta inmensidad llegamos aquí, a "nuestro" planeta, "nuestro" país, "nuestra" ciudad, "nuestra" casa... y acá estamos nosotros, sentados frente a una computadora leyendo cosas, con "nuestros" problemas, "nuestros" sufrimientos, "nuestras" esperanzas, "nuestros" sueños... y, ¿qué es para el universo todo esto que nosotros consideramos "NUESTRO"?... simplemente no es nada. Nada es nuestro. ¿Cómo puede afectar nuestra maldad, nuestro egoísmo, nuestra sed de poder a tan infinita extensión? No la afecta, está allí inmutable, pero en contaste dinamismo. Aunque nos duela no somos tan grandes e importantes como creemos ser. Podemos ser los mejores en esto o aquello, tener esta o aquella otra virtud, ser el presidente de una nación o el millonario más grande del mundo y todo ello nos da placer, regocijo, sensación de ser, pero... ¿Qué pasa cuando vemos esto? No somos más que una pequeña parte despreciable de toda la inmensidad del Universo. Somos pequeños, pequeñísimos. Y claro, esto no nos gusta. Nos acerca más aún a nuestra finitud, a nuestro "dejar de ser"... es que ¿alguna vez somos alguien? Oh, si! Todos somos alguien... yo soy abogado, yo doctor, yo soy papá, yo bisabuelo, yo soy rico, yo soy pobre, yo soy comunista, yo anarquista... todos somos alguien. O al menos eso nos gusta creer. Nos hace sentir vivos. Pero cuando nos golpean en la cabeza con un video como este y de pronto nos dicen: "Despierta! No eres tan importante! Eres sólo una parte de esta enorme masa viviente" ¿Dónde nos encontramos parados ahora? Estamos en la maraña de la incertidumbre, enredados en el misterio, sin ninguna explicación que pueda conformar a nuestro mecánico cerebro. En pocas palabras, estamos en la nada misma. ¿En la nada? Sí, en la nada...

viernes, 9 de abril de 2010

¿Pertenecemos a nosotros mismos?

Les dejo aquí un video del que he seleccionado algunos fragmentos que me parecen sumamente interesantes para reflexionar sobre varios puntos de nuestra existencia. El video son extractos de un programa de filosofía que se llama "Filosofía aquí y ahora" que dan por Canal Encuentro en Argentina y su conductor es J.P.Feinman. Algunas secuencias del video parecen que se cortan abruptamente y pido perdón por ello pero mis técnicas para cortar el video no fueron las mejores. No obstante esto, espero que dichos detalles no impidan poder reflexionar sobre lo que aquí se habla...

video

Al terminar de ver el video recordé una gran frase de Nietzsche: "El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo"

viernes, 5 de marzo de 2010

Personajes históricos III: José Ingenieros


En este “Post”, recopilo una serie de, a mi parecer, profundas reflexiones de José Ingenieros contenidas en su más popular libro titulado “El hombre mediocre” (espero no seguir contribuyendo a que pareciese que ésta es su única obra ya que tiene muchísimas de gran valor, pero para comenzar, digamos, he escogido su obra más celebre..).

Breve reseña histórica:
José Ingenieros fue médico psiquiatra, filósofo, y escritor argentino. Nació en Palermo (Italia) el 24 de abril de 1877 y a él se le deben numerosos trabajos en el campo de la psiquiatría y la criminología- fue un importante referente intelectual de su tiempo en los campos de la filosofía y la psicología y un gran divulgador de los más grandes pensadores argentinos.
Además de su obra clínica y sociológica, Ingenieros fue el responsable de la expresión filosófica más sistemática e importante de toda Latinoamérica, sosteniendo una posición que adhería al positivismo de principios de siglo. Siendo aun muy joven se alejó de la vida universitaria. Cuando José Ingenieros murió, en 1925, era uno de los intelectuales de mayor peso en la cultura argentina y latinoamericana. Murió en Buenos Aires el 31 de octubre de 1925.

Recopilación:

“… [Ningún hombre es excepcional en todas sus aptitudes; pero podría afirmarse que son mediocres, a carta cabal, los que no descuellan en ninguna…]”

“… [Variar es ser alguien, diferenciarse es tener un carácter propio, un penacho, grande o pequeño: emblema, al fin, de que no se vive como simple reflejo de los demás. La función capital del hombre mediocre es la paciencia imitativa; la del hombre superior es la imaginación creadora. El mediocre aspira a. confundirse en los que le rodean; el original tiende a diferenciarse de ellos. Mientras el uno se concreta a pensar con la cabeza de la sociedad, el otro aspira a pensar con la propia. En ello estriba la desconfianza que suele rodear a los caracteres originales: nada parece tan peligroso como un hombre que aspira a pensar con su
cabeza. …]”

“… [El hombre mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente útiles para la domesticidad …. Su característica es imitar a cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena y ser incapaz de formarse ideales propios.
El hombre superior es un accidente provechoso para la evolución humana. Es original e imaginativo, desadaptándose del medio social en la medida de su propia variación. Ésta se sobrepone a atributos hereditarios del "alma de la especie" y a las adquisiciones imitativas del "alma de la sociedad", constituyendo las aristas singulares del "alma individual", que le distinguen dentro de la sociedad. Es precursor de nuevas formas de perfección, piensa mejor que el medio en que vive y puede sobreponer ideales suyos a las rutinas de los demás. …]”

“… [Todo lo que existe es necesario … Sin los mediocres no habría estabilidad en las sociedades; pero sin los superiores no puede concebirse el progreso, pues la civilización sería inexplicable en una raza constituida por hombres sin iniciativa. Evolucionar es variar; solamente se varía mediante la invención. Los hombres imitativos limítanse a atesorar las conquistas de los originales; la utilidad del rutinario está subordinada a la existencia del idealista, como la fortuna de los libreros estriba en el ingenio de los escritores. …]”

“… [Los idealistas y los rutinarios son factores igualmente indispensables, aunque los unos recelen de los otros. Se complementan en la evolución social, … Si los primeros hacen más para el porvenir, los segundos interpretan mejor el pasado. …]”

“… [ (los mediocres..)Repudian las cosas líricas porque obligan a pensamientos muy altos y a gestos demasiado dignos. Son incapaces de estoicismos: su frugalidad es un cálculo para gozar más tiempo de los placeres, reservando mayor perspectiva de goces para la vejez impotente. Su generosidad es siempre dinero dado a usura. Su amistad es una complacencia servil o una adulación provechosa. Cuando creen practicar alguna virtud, degradan la honestidad misma, afeándola con algo de miserable o bajo que la macula.
Admiran el utilitarismo egoísta, inmediato, menudo, al contado. Puestos a elegir, nunca seguirán el camino que les indique su propia inclinación, sino el que les marcaría el cálculo de sus iguales. Ignoran que toda grandeza de espíritu exige la complicidad del corazón. Los ideales irradian siempre un gran calor; sus prejuicios, en cambio, son fríos, porque son ajenos. Un pensamiento no fecundado por la pasión
es como los soles de invierno; alumbran pero, bajo sus rayos se puede morir helado. La bajeza del propósito rebaja el mérito de todo esfuerzo y aniquila las cosas elevadas. Excluyendo el ideal queda suprimida la posibilidad de lo sublime.
El hombre sin ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un comercio, de la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa, de la caridad una fiesta, del placer un sensualismo. La vulgaridad transforma el amor de la vida en pusilanimidad, la prudencia en cobardía, el orgullo en vanidad, el respeto en servilismo. …]”

“… [La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten a la carcoma de los siglos. No es hija de la experiencia; es su caricatura. La una es fecunda y engendra verdades; estéril la otra y las mata.
En su órbita giran los espíritus mediocres. Evitan salir de ella y cruzar espacios nuevos; repiten que es preferible lo malo conocido a lo bueno por conocer. Ocupados en disfrutar lo existente, cobran horror a toda innovación que turbe su tranquilidad y les procure desasosiegos. Las ciencias, el heroísmo, las originalidades, los inventos, la virtud misma, parécenles instrumentos del mal, en cuanto desarticulan los resortes de sus errores…
La Rutina, síntesis de todos los renunciamientos, es el hábito de renunciar a pensar. En los rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia aherrumbra su inteligencia. Cada hábito es un riesgo, porque la familiaridad aviene a las cosas detestables y a las personas indignas. Los actos que al principio provocaban pudor, acaban por parecen naturales; el ojo percibe los tonos violentos como simples matices, el oído escucha
las mentiras con igual respeto que las verdades, el corazón aprende a no agitarse por torpes acciones.
Los prejuicios son creencias anteriores a la observación; los juicios, exactos o erróneos, son consecutivos a ella. Todos los individuos poseen hábitos mentales; los conocimientos adquiridos facilitan los venideros y marcan su rumbo. En cierta medida nadie puede substraérseles. No son exclusivos de los hombres mediocres; pero en ellos representan siempre una pasiva obsecuencia al error ajeno. Los hábitos adquiridos por los hombres originales son genuinamente suyos, le son intrínsecos: constituyen su criterio cuando piensan y su carácter cuando actúan; son individuales e inconfundibles. Difieren substancialmente de la Rutina, que es colectiva y siempre perniciosa, extrínseca al individuo, común al rebaño: consiste en contagiarse los prejuicios que infestan la cabeza de los demás…
Los rutinarios razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por el deseo ajeno, encajónanse en su casillero social y se catalogan como reclutas en las filas de un regimiento. Son dóciles a la presión del conjunto, maleables bajo el peso de la opinión pública que los achata como un inflexible laminador. Reducidos a vanas sombras, viven del juicio ajeno; se ignoran a sí mismos, limitándose a creerse como los creen los demás. Los hombres excelentes, en cambio, desdeñan la opinión ajena en la justa proporción en que respetan la propia, siempre más severa, o la de sus iguales…
Tragan sin digerir, hasta el empacho mental: ignoran que el hombre no vive de lo que engulle, sino de lo que asimila. El atascamiento puede convertirlos en eruditos y la repetición darles hábitos de rumiante. Pero, apiñar datos no es aprender; tragar no es digerir. La más intrépida paciencia no hace de un rutinario un pensador; la verdad hay que saberla amar y sentir. Las nociones mal digeridas sólo sirven para atorar el entendimiento. …]”

“… [No sospechan que hay más placer en marchar hacia la verdad, que en llegar a ella. …]”

“… [Ignoran la sentencia de Shakespeare: el hereje no es el que arde en la hoguera, sino el que la enciende. …]”

“… [Viven de una vida que no es vivir. Crecen y mueren como las plantas. No necesitan ser curiosos ni observadores. Son prudentes, por definición, de una prudencia desesperante: si uno de ellos pasara junto al campanario inclinado de Pisa, se alejaría de él, temiendo ser aplastado. El hombre original, imprudente, se detiene a contemplarlo; un genio va más lejos; trepa al campanario, observa, medita, ensaya, hasta descubrir las leyes más altas de la física. Galileo. …]”

“… [La cultura es el fruto de la curiosidad, de esa inquietud misteriosa que invita a mirar el fondo de todos los abismos…]”

“… [En el verdadero hombre mediocre la cabeza es un simple adorno del cuerpo. Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos. Diría que lo estuvo Pascal si leyera sus palabras decisivas: "Puedo concebir un hombre sin manos, sin pies; llegaría hasta concebirlo sin cabeza, si la experiencia no me enseñara que por ella se piensa. Es el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin él no podemos concebirlo" (Pensées; XXIII). Si de esto dedujéramos que quien no piensa no existe, la conclusión le desternillaría de risa. …]”

“… [Esclavos de la sombra que sus apariencias han proyectado en la opinión de los demás, acaban por preferirla a sí mismos. Ese culto de la sombra oblígalos a vivir en continua alarma; suponen que basta un momento de distracción para comprometer la obra pacientemente elaborada en muchos años. …]”

“… [El hombre mediocre que se aventura en la liza social tiene apetitos urgentes: el éxito. No sospecha que existe otra cosa, la gloria, ambicionada solamente por los caracteres superiores. Aquél es un triunfo efímero, al contado; ésta es definitiva, inmarcesible en los siglos. El uno se mendiga; la otra se conquista. …]”

“… [El genio se mueve en su órbita propia, sin esperar sanciones ficticias de orden político, académico o mundano. …]”

“… [La popularidad o la fama suelen dar transitoriamente la ilusión de la gloria. Son sus formas espurias y subalternas, extensas pero no profundas, esplendorosas pero fugaces. Son más que el simple éxito, accesible al común de los mortales; pero son menos que la gloria, exclusivamente reservada a los hombres superiores. …]”

“… [La hipocresía es más honda que la mentira: ésta puede ser accidental, aquélla es permanente. El hipócrita transforma su vida entera en una mentira metódicamente organizada. Hace lo contrario de lo que dice, toda vez que ello le reporte un beneficio inmediato; vive traicionando con sus palabras, como esos poetas que disfrazan con largas crenchas la cortedad de su inspiración. El hábito de la mentira paraliza los labios del hipócrita cuando llega la hora de pronunciar una verdad.
El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan suponiendo que dice la verdad. El mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta al respeto a todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. Con mirar ojizaino persigue a los sinceros, creyéndolos sus enemigos naturales. Aborrece la sinceridad. Dice que ella es la fuente de escándalo y anarquía, como si pudiera culparse a la escoba de que exista la suciedad.
En el fondo sospecha que el hombre sincero es fuerte e individualista, fincando en ello su altivez inquebrantable, pues su oposición a la hipocresía es una actitud de resistencia al mal que le acosa por todas partes. Se defiende contra la domesticación v el descenso común. Y dice su verdad como puede, cuando puede, donde puede. Pero la sabe decir. …]”

“… [El que aspira a parecer renuncia a ser …]”

martes, 23 de febrero de 2010

Carta de un extraterrestre


Sumergido en las profundidades de la incertidumbre que le acarrea el hecho de saber que va a morir, la conciencia de su finitud y la capacidad de pensar, proyectar y aún preguntarse por toda la existencia, se encuentra el ser humano.
Temerosos del contacto excesivo con otros colegas de la misma especie y la falsa sensación de seguridad que el grupo le otorga se refugia en familias, clanes, comunidades, ciudades, provincias y países. Pero no todo es gratis; para pertenecer al grupo se debe ser como ellos, se deben compartir sus creencias, sus costumbres, sus aspiraciones, sus rencores y sus posibles virtudes. La libertad individual se haya sujeta a las influencias del entorno y muchas veces hay que sacrificarla para no ser excluido y blasfemado.
Angustiado por la conciencia de su muerte la patea para delante. "La muerte es algo lejano, es algo que algún día dado de mi senectud me va a ocurrir, pero no ahora, ni mañana"-piensan-. Proyectando así la muerte, se da el lujo de vivir todos y cada uno de sus días hipócritamente, de dejarse llevar por pequeños placeres, de vivir una vida que no quiere, eligiendo una y otra vez el sufrimiento, tropezando mil veces contra la misma piedra. “Ya voy a tener tiempo para vivir seriamente”- dicen – y cuando al fin llega su día se dan cuenta de que no han hecho verdaderamente lo que querían, que tienen varias cosas pendientes, una mochila muy pesada y que han lastimado a mucha gente. ¡Ven la muerte como a un enemigo! Si tan solo pudiesen darse cuenta que es su mejor amigo todo sería muy diferente para ellos; vivirían cada día como si fuese el último.
Sus miembros más famosos lo son porque son poderosos y ricos, salen mucho por televisión o solamente se visten a la moda o usan el último modelo de celular, el más caro ¡Que competitividad! Compiten entre ellos para lucirse mejor, ser más guapos, tener más dinero y vanagloriarse de su fútil apariencia. Para lograr tales cometidos los más sanos trabajan muchas horas al día, otros les pagan unas monedas a otro grupo de seres humanos para que trabajen para ellos gran parte del día (ellos lo llaman explotación) y obtienen muchas ganancias ya sea gracias a sueldos bajos, a productos defectuosos, a productos caros, y a muchísimos otros métodos, pero la ganancia se obtiene siempre sino ellos cierran su trabajo; es gracioso verlos pasar horas y horas haciendo gimnasia para agrandar sus músculos, morirse casi de inanición para tener una silueta que ellos consideran esbelta, cortarse y ponerse injertos en su cuerpo para intentar ser más bellos y agradables.
Sin saber para donde disparar en los momentos de máxima tensión o dolor de sus vidas acuden a la invocación de algo divino que llaman “Dios” o de muchas formas diferentes pero en sustancia todos se refieren a El como una fuerza externa que comanda sus vidas y es capas tanto de hacer el bien como el mal y que, según dicen, es muy parecido a ellos ya que fueron creados a su imagen y semejanza. Le piden muchas cosas: salud, dinero, trabajo, inmortalidad, perdones. Ponen esto que llaman Dios fuera de ellos y desligan su responsabilidad como seres humanos bien capaces por sí mismos. Piden salud mientras fuman un cigarrillo, piden dinero y trabajo cuando ellos mismos crearon la pobreza y piden perdones para estar libres de culpa y volver a pecar una y otra vez.
Para que hablar de cómo se comportan con otras especies que conviven con ellos ya sean del reino vegetal, del animal o del que fuere, todas son sometidas a su uso arbitrario y a la destrucción masiva. No era de esperar otra cosa, se matan entre ellos como se van a manejar con otros seres vivos.
Algunos en toda su historia, la minoría, se ha sentado alguna vez a hablar de amor, solidaridad, paz y armonía. Ya casi no comparten, no se besan, no se abrazan… sus sentimientos flotan en la superficie de un charco contaminado y turbio.
Escribo esto porque me sorprende mucho su forma de actuar. Tienen la capacidad y la energía de poder hacer cosas inimaginables y de amar sin medidas y hacen todo lo contrario: invitan al dolor y al sufrimiento, al rencor y al egoísmo, a la angustia y a la tristeza a formar parte de sus vidas… ¡Que bicho raro es el ser humano!

sábado, 16 de enero de 2010

¿Cuánta tierra necesita un hombre?



Transcurriendo estos días de mi vida por un profundo interés literario me gustaría compartir con ustedes un pequeño cuento escrito por León Tolstoi que se titula "¿Cuánta tierra necesita un hombre?" que narra la historia de un campesino humilde que en determinado momento de su vida comienza a "progresar" (económicamente hablando) y a la vez comienza a ser cada vez más y más grande su sed de "querer siempre un poco más". Al terminar de leerlo sucedió que me quedé mirando y reflexionando unos segundos sobre la última oración del cuento (que responde a la pregunta del encabezado) un tanto conmovido por lo áspero del desenlace. Algunos dicen que la literatura rusa es pesimista, pero yo no estoy de acuerdo con esa sentencia, desde mi punto de vista es más bien realista lo que puede resultar crudo para lectores susceptibles. Espero que les guste tanto como a mi el mensajes de estas letras….

Érase una vez un campesino llamado Pahom, que había trabajado dura y honestamente para su familia, pero que no tenía tierras propias, así que siempre permanecía en la pobreza. "Ocupados como estamos desde la niñez trabajando la madre tierra -pensaba a menudo- los campesinos siempre debemos morir como vivimos, sin nada propio. Las cosas serían diferentes si tuviéramos nuestra propia tierra."

Ahora bien, cerca de la aldea de Pahom vivía una dama, una pequeña terrateniente, que poseía una finca de ciento cincuenta hectáreas. Un invierno se difundió la noticia de que esta dama iba a vender sus tierras. Pahom oyó que un vecino suyo compraría veinticinco hectáreas y que la dama había consentido en aceptar la mitad en efectivo y esperar un año por la otra mitad.

"Qué te parece -pensó Pahom- Esa tierra se vende, y yo no obtendré nada."

Así que decidió hablar con su esposa.

-Otras personas están comprando, y nosotros también debemos comprar unas diez hectáreas. La vida se vuelve imposible sin poseer tierras propias.

Se pusieron a pensar y calcularon cuánto podrían comprar. Tenían ahorrados cien rublos. Vendieron un potrillo y la mitad de sus abejas; contrataron a uno de sus hijos como peón y pidieron anticipos sobre la paga. Pidieron prestado el resto a un cuñado, y así juntaron la mitad del dinero de la compra. Después de eso, Pahom escogió una parcela de veinte hectáreas, donde había bosques, fue a ver a la dama e hizo la compra.

Así que ahora Pahom tenía su propia tierra. Pidió semilla prestada, y la sembró, y obtuvo una buena cosecha. Al cabo de un año había logrado saldar sus deudas con la dama y su cuñado. Así se convirtió en terrateniente, y talaba sus propios árboles, y alimentaba su ganado en sus propios pastos. Cuando salía a arar los campos, o a mirar sus mieses o sus prados, el corazón se le llenaba de alegría. La hierba que crecía allí y las flores que florecían allí le parecían diferentes de las de otras partes. Antes, cuando cruzaba esa tierra, le parecía igual a cualquier otra, pero ahora le parecía muy distinta.

Un día Pahom estaba sentado en su casa cuando un viajero se detuvo ante su casa. Pahom le preguntó de dónde venía, y el forastero respondió que venía de allende el Volga, donde había estado trabajando. Una palabra llevó a la otra, y el hombre comentó que había muchas tierras en venta por allá, y que muchos estaban viajando para comprarlas. Las tierras eran tan fértiles, aseguró, que el centeno era alto como un caballo, y tan tupido que cinco cortes de guadaña formaban una avilla. Comentó que un campesino había trabajado sólo con sus manos, y ahora tenía seis caballos y dos vacas.

El corazón de Pahom se colmó de anhelo.

"¿Por qué he de sufrir en este agujero -pensó- si se vive tan bien en otras partes? Venderé mi tierra y mi finca, y con el dinero comenzaré allá de nuevo y tendré todo nuevo".

Pahom vendió su tierra, su casa y su ganado, con buenas ganancias, y se mudó con su familia a su nueva propiedad. Todo lo que había dicho el campesino era cierto, y Pahom estaba en mucha mejor posición que antes. Compró muchas tierras arables y pasturas, y pudo tener las cabezas de ganado que deseaba.

Al principio, en el ajetreo de la mudanza y la construcción, Pahom se sentía complacido, pero cuando se habituó comenzó a pensar que tampoco aquí estaba satisfecho. Quería sembrar más trigo, pero no tenía tierras suficientes para ello, así que arrendó más tierras por tres años. Fueron buenas temporadas y hubo buenas cosechas, así que Pahom ahorró dinero. Podría haber seguido viviendo cómodamente, pero se cansó de arrendar tierras ajenas todos los años, y de sufrir privaciones para ahorrar el dinero.

"Si todas estas tierras fueran mías -pensó-, sería independiente y no sufriría estas incomodidades."

Un día un vendedor de bienes raíces que pasaba le comentó que acababa de regresar de la lejana tierra de los bashkirs, donde había comprado seiscientas hectáreas por sólo mil rublos.

-Sólo debes hacerte amigo de los jefes -dijo- Yo regalé como cien rublos en vestidos y alfombras, además de una caja de té, y di vino a quienes lo bebían, y obtuve la tierra por una bicoca.

"Vaya -pensó Pahom-, allá puedo tener diez veces más tierras de las que poseo. Debo probar suerte."

Pahom encomendó a su familia el cuidado de la finca y emprendió el viaje, llevando consigo a su criado. Pararon en una ciudad y compraron una caja de té, vino y otros regalos, como el vendedor les había aconsejado. Continuaron viaje hasta recorrer más de quinientos kilómetros, y el séptimo día llegaron a un lugar donde los bashkirs habían instalado sus tiendas.

En cuanto vieron a Pahom, salieron de las tiendas y se reunieron en torno al visitante. Le dieron té y kurniss, y sacrificaron una oveja y le dieron de comer. Pahom sacó presentes de su carromato y los distribuyó, y les dijo que venía en busca de tierras. Los bashkirs parecieron muy satisfechos y le dijeron que debía hablar con el jefe. Lo mandaron a buscar y le explicaron a qué había ido Pahom.

El jefe escuchó un rato, pidió silencio con un gesto y le dijo a Pahom:

-De acuerdo. Escoge la tierra que te plazca. Tenemos tierras en abundancia.

-¿Y cuál será el precio? -preguntó Pahom.

-Nuestro precio es siempre el mismo: mil rublos por día.

Pahom no comprendió.

-¿Un día? ¿Qué medida es ésa? ¿Cuántas hectáreas son?

-No sabemos calcularlo -dijo el jefe-. La vendemos por día. Todo lo que puedas recorrer a pie en un día es tuyo, y el precio es mil rublos por día.

Pahom quedó sorprendido.

-Pero en un día se puede recorrer una vasta extensión de tierra -dijo.

El jefe se echó a reír.

-¡Será toda tuya! Pero con una condición. Si no regresas el mismo día al lugar donde comenzaste, pierdes el dinero.

-¿Pero cómo debo señalar el camino que he seguido?

-Iremos a cualquier lugar que gustes, y nos quedaremos allí. Puedes comenzar desde ese sitio y emprender tu viaje, llevando una azada contigo. Donde lo consideres necesario, deja una marca. En cada giro, cava un pozo y apila la tierra; luego iremos con un arado de pozo en pozo. Puedes hacer el recorrido que desees, pero antes que se ponga el sol debes regresar al sitio de donde partiste. Toda la tierra que cubras será tuya.

Pahom estaba alborozado. Decidió comenzar por la mañana. Charlaron, bebieron más kurniss, comieron más oveja y bebieron más té, y así llegó la noche. Le dieron a Pahom una cama de edredón, y los bashkirs se dispersaron, prometiendo reunirse a la mañana siguiente al romper el alba y viajar al punto convenido antes del amanecer.

Pahom se quedó acostado, pero no pudo dormirse. No dejaba de pensar en su tierra.

"¡Qué gran extensión marcaré! -pensó-. Puedo andar fácilmente cincuenta kilómetros por día. Los días ahora son largos, y un recorrido de cincuenta kilómetros representará gran cantidad de tierra. Venderé las tierras más áridas, o las dejaré a los campesinos, pero yo escogeré la mejor y la trabajaré. Compraré dos yuntas de bueyes y contrataré dos peones más. Unas noventa hectáreas destinaré a la siembra y en el resto criaré ganado."

Por la puerta abierta vio que estaba rompiendo el alba.

-Es hora de despertarlos -se dijo-. Debemos ponernos en marcha.

Se levantó, despertó al criado (que dormía en el carromato), le ordenó uncir los caballos y fue a despertar a los bashkirs.

-Es hora de ir a la estepa para medir las tierras -dijo.

Los bashkirs se levantaron y se reunieron, y también acudió el jefe. Se pusieron a beber más kurniss, y ofrecieron a Pahom un poco de té, pero él no quería esperar.

-Si hemos de ir, vayamos de una vez. Ya es hora.

Los bashkirs se prepararon y todos se pusieron en marcha, algunos a caballo, otros en carros. Pahom iba en su carromato con el criado, y llevaba una azada. Cuando llegaron a la estepa, el cielo de la mañana estaba rojo. Subieron una loma y, apeándose de carros y caballos, se reunieron en un sitio. El jefe se acercó a Pahom y extendió el brazo hacia la planicie.

-Todo esto, hasta donde llega la mirada, es nuestro. Puedes tomar lo que gustes.

A Pahom le relucieron los ojos, pues era toda tierra virgen, chata como la palma de la mano y negra como semilla de amapola, y en las hondonadas crecían altos pastizales.

El jefe se quitó la gorra de piel de zorro, la apoyó en el suelo y dijo:

-Ésta será la marca. Empieza aquí y regresa aquí. Toda la tierra que rodees será tuya.

Pahom sacó el dinero y lo puso en la gorra. Luego se quitó el abrigo, quedándose con su chaquetón sin mangas. Se aflojó el cinturón y lo sujetó con fuerza bajo el vientre, se puso un costal de pan en el pecho del jubón y, atando una botella de agua al cinturón, se subió la caña de las botas, empuñó la azada y se dispuso a partir. Tardó un instante en decidir el rumbo. Todas las direcciones eran tentadoras.

-No importa -dijo al fin-. Iré hacia el sol naciente.

Se volvió hacia el este, se desperezó y aguardó a que el sol asomara sobre el horizonte.

"No debo perder tiempo -pensó-, pues es más fácil caminar mientras todavía está fresco."

Los rayos del sol no acababan de chispear sobre el horizonte cuando Pahom, azada al hombro, se internó en la estepa.

Pahom caminaba a paso moderado. Tras avanzar mil metros se detuvo, cavó un pozo y apiló terrones de hierba para hacerlo más visible. Luego continuó, y ahora que había vencido el entumecimiento apuró el paso. Al cabo de un rato cavó otro pozo.

Miró hacia atrás. La loma se veía claramente a la luz del sol, con la gente encima, y las relucientes llantas de las ruedas del carromato. Pahom calculó que había caminado cinco kilómetros. Estaba más cálido; se quitó el chaquetón, se lo echó al hombro y continuó la marcha. Ahora hacía más calor; miró el sol; era hora de pensar en el desayuno.

-He recorrido el primer tramo, pero hay cuatro en un día, y todavía es demasiado pronto para virar. Pero me quitaré las botas -se dijo.

Se sentó, se quitó las botas, se las metió en el cinturón y reanudó la marcha. Ahora caminaba con soltura.

"Seguiré otros cinco kilómetros -pensó-, y luego giraré a la izquierda. Este lugar es tan promisorio que sería una pena perderlo. Cuanto más avanzo, mejor parece la tierra."

Siguió derecho por un tiempo, y cuando miró en torno, la loma era apenas visible y las personas parecían hormigas, y apenas se veía un destello bajo el sol.

"Ah -pensó Pahom-, he avanzado bastante en esta dirección, es hora de girar. Además estoy sudando, y muy sediento."

Se detuvo, cavó un gran pozo y apiló hierba. Bebió un sorbo de agua y giró a la izquierda. Continuó la marcha, y la hierba era alta, y hacía mucho calor.

Pahom comenzó a cansarse. Miró el sol y vio que era mediodía.

"Bien -pensó-, debo descansar."

Se sentó, comió pan y bebió agua, pero no se acostó, temiendo quedarse dormido. Después de estar un rato sentado, siguió andando. Al principio caminaba sin dificultad, y sentía sueño, pero continuó, pensando: "Una hora de sufrimiento, una vida para disfrutarlo".

Avanzó un largo trecho en esa dirección, y ya iba a girar de nuevo a la izquierda cuando vio un fecundo valle. "Sería una pena excluir ese terreno -pensó-. El lino crecería bien aquí.". Así que rodeó el valle y cavó un pozo del otro lado antes de girar. Pahom miró hacia la loma. El aire estaba brumoso y trémulo con el calor, y a través de la bruma apenas se veía a la gente de la loma.

"¡Ah! -pensó Pahom-. Los lados son demasiado largos. Este debe ser más corto." Y siguió a lo largo del tercer lado, apurando el paso. Miró el sol. Estaba a mitad de camino del horizonte, y Pahom aún no había recorrido tres kilómetros del tercer lado del cuadrado. Aún estaba a quince kilómetros de su meta.

"No -pensó-, aunque mis tierras queden irregulares, ahora debo volver en línea recta. Podría alejarme demasiado, y ya tengo gran cantidad de tierra.".

Pahom cavó un pozo de prisa.

Echó a andar hacia la loma, pero con dificultad. Estaba agotado por el calor, tenía cortes y magulladuras en los pies descalzos, le flaqueaban las piernas. Ansiaba descansar, pero era imposible si deseaba llegar antes del poniente. El sol no espera a nadie, y se hundía cada vez más.

"Cielos -pensó-, si no hubiera cometido el error de querer demasiado. ¿Qué pasará si llego tarde?"

Miró hacia la loma y hacia el sol. Aún estaba lejos de su meta, y el sol se aproximaba al horizonte.

Pahom siguió caminando, con mucha dificultad, pero cada vez más rápido. Apuró el paso, pero todavía estaba lejos del lugar. Echó a correr, arrojó la chaqueta, las botas, la botella y la gorra, y conservó sólo la azada que usaba como bastón.

"Ay de mí. He deseado mucho, y lo eché todo a perder. Tengo que llegar antes de que se ponga el sol."

El temor le quitaba el aliento. Pahom siguió corriendo, y la camisa y los pantalones empapados se le pegaban a la piel, y tenía la boca reseca. Su pecho jadeaba como un fuelle, su corazón batía como un martillo, sus piernas cedían como si no le pertenecieran. Pahom estaba abrumado por el terror de morir de agotamiento.

Aunque temía la muerte, no podía detenerse. "Después que he corrido tanto, me considerarán un tonto si me detengo ahora", pensó. Y siguió corriendo, y al acercarse oyó que los bashkirs gritaban y aullaban, y esos gritos le inflamaron aún más el corazón. Juntó sus últimas fuerzas y siguió corriendo.

El hinchado y brumoso sol casi rozaba el horizonte, rojo como la sangre. Estaba muy bajo, pero Pahom estaba muy cerca de su meta. Podía ver a la gente de la loma, agitando los brazos para que se diera prisa. Veía la gorra de piel de zorro en el suelo, y el dinero, y al jefe sentado en el suelo, riendo a carcajadas.

"Hay tierras en abundancia -pensó-, ¿pero me dejará Dios vivir en ellas? ¡He perdido la vida, he perdido la vida! ¡Nunca llegaré a ese lugar!"

Pahom miró el sol, que ya desaparecía, ya era devorado. Con el resto de sus fuerzas apuró el paso, encorvando el cuerpo de tal modo que sus piernas apenas podían sostenerlo. Cuando llegó a la loma, de pronto oscureció. Miró el cielo. ¡El sol se había puesto! Pahom dio un alarido.

"Todo mi esfuerzo ha sido en vano", pensó, y ya iba a detenerse, pero oyó que los bashkirs aún gritaban, y recordó que aunque para él, desde abajo, parecía que el sol se había puesto, desde la loma aún podían verlo. Aspiró una buena bocanada de aire y corrió cuesta arriba. Allí aún había luz. Llegó a la cima y vio la gorra. Delante de ella el jefe se reía a carcajadas. Pahom soltó un grito. Se le aflojaron las piernas, cayó de bruces y tomó la gorra con las manos.

-¡Vaya, qué sujeto tan admirable! -exclamó el jefe-. ¡Ha ganado muchas tierras!

El criado de Pahom se acercó corriendo y trató de levantarlo, pero vio que le salía sangre de la boca. ¡Pahom estaba muerto!

Los pakshirs chasquearon la lengua para demostrar su piedad.

Su criado empuñó la azada y cavó una tumba para Pahom, y allí lo sepultó. Dos metros de la cabeza a los pies era todo lo que necesitaba.