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sábado, 12 de mayo de 2012

Plusvalor: la propiedad es el robo



El 1 de Mayo es, como sostenemos año tras año, un día internacional de lucha. Solemos referirnos en esta fecha a los mártires de Chicago y a la revuelta de Haymarket. No obstante, es imprescindible refrendar una obviedad: la lucha que se revindica el 1 de Mayo no se ciñe a aquél acontecimiento. El 1 de mayo es un día en el que se afianza la lucha internacional por la emancipación de los trabajadores.

Por eso es que la mejor forma de honrar la vida de aquellos compañeros asesinados a fines del siglo XIX, junto a la de tantos otros que a lo largo de la historia han sido asesinados en las luchas emancipativas, es actualizar las ideas por las que ellos pelearon y por las que nosotros actualmente nos movilizamos y nos organizamos. La cuestión es: ¿en qué consiste, hoy, la emancipación de los trabajadores?

Es necesario dar cuenta de que las ideas que dieron vida al movimiento obrero gravitan en torno a factores concretos que en sí mismos no han cambiado. Sin embargo, sí han cambiado muchas cosas relacionadas con ellos, y es preciso recomponer el análisis de nuestra situación con nuevas perspectivas.

Actualmente, hablar de explotación y de expoliación pareciera ser anacrónico. Muchos trabajadores no se sienten explotados y rehuyen de cualquier análisis que se ordene en categorías universales, o tan sólo generales, que no dependan estrictamente de las opiniones personales y de las situaciones específicas en las que trabajamos individualmente. Esto es un signo de cambio de época. Hace un siglo, la población resonaba de forma colectiva ante las ideas emancipativas que se desprendían del análisis económico, político y social de la sociedad en su conjunto. Visto desde aquí, parece una historia de ciencia ficción.

Entonces resulta necesario retomar ciertas ideas y confrontarlas con la situación actual. ¿Tiene sentido hablar de explotación? Repasemos brevemente la idea fundacional que nos ha traído a la afirmación de que es necesario emanciparnos ante la explotación económica. Esta idea tiene el nombre resonante y trillado que se ha gastado políticamente por las izquierdas, y que forma parte fundamental en todo el andamiaje social que conocimos como movimiento obrero: plusvalor.

La versión clásica, forjada por Karl Marx, entendía que el plusvalor se deducía de la diferencia entre el valor que producía el trabajador con su trabajo y el valor que recibía a cambio a través del salario. El análisis económico marxista arriba a la conclusión de que hay una diferencia que pasa a engrosar la ganancia del capitalista, encuadramiento teórico que viene a formalizar una intuición ampliamente sentida por los trabajadores. Con este encuadramiento se intentaba establecer científicamente, en el modelo clásico, la explotación de los trabajadores en beneficio de los capitalistas.

Sin embargo, para sostener esta interpretación es necesario partir de un supuesto fundamental, que es que el valor de las cosas está determinado por la cantidad de tiempo de trabajo necesario para producirla. Esto supone que las cosas tienen un valor absoluto, en sí mismas, según las condiciones de producción. Éste es un punto débil del análisis económico clásico. Hoy cabe afirmar que el valor económico es dependiente de las condiciones subjetivas, individuales y colectivas, que definen las necesidades económicas. No es el trabajo el que establece el valor absoluto de las cosas, sino que es la necesidad la que establece el valor relativo. No vale lo mismo una casa cuando tengo dos, que cuando no tengo ninguna. Por más que haya sido necesaria la misma cantidad de trabajo para realizarla, la circunstancia singular en la que las personas se encuentran modifica el valor económico que tengan las cosas.

Esta otra perspectiva en relación al valor, pareciera arruinar la idea de plusvalor y, con ella, pareciera desmoronarse la idea de que los trabajadores necesitamos emanciparnos económicamente. Esto es lo que el liberalismo ha querido instalar y, en gran medida, lo ha logrado. Pero, indudablemente, esto es un error gravísimo, cuando no una artimaña de quienes intentan evitar que la situación actual de desigualdad económica cambie. La idea de que el valor económico es relativo a las necesidades del consumo, y no a la cantidad de trabajo, no invalida la idea de plusvalor, sino que nos obliga a repensarla. Llamativamente, nos servirá remitirnos a un pensador anterior a Marx, admirado por él primero e injuriado injustamente después. Me refiero a Pierre-Joseph Proudhon, figura controversial del anarquismo, posiblemente tratado con cierta injusticia por propios y ajenos.

Lo que sostenía Proudhon es que la propiedad es la injusticia primera de la economía porque habilita, a través de la renta, la apropiación del plusvalor. Este plusvalor no se deduce de un valor determinado por la acumulación de horas de trabajo, sino de la diferencia entre el trabajo individual acumulado y la coordinación del trabajo colectivo. Proudhon afirmaba que cualquier cantidad de dinero que se pagara por la hora de trabajo no modificaría el hecho de que el capitalista se apropia del beneficio del trabajo colectivo, generando un impacto económico, político y social devastador. Este valor diferencial, este plusvalor, se aprecia al considerar la diferencia de productividad que se obtiene cuando diez personas trabajan juntas y organizadas, a diferencia de esas mismas diez personas trabajando por separado y sin organización del trabajo.

En síntesis, lo que afirma Proudhon es que la clave del plusvalor no está en la diferencia de lo que el trabajador produce y lo que cobra, sino en lo que la sociedad en su conjunto, organizada en la producción, produce, y lo que colectivamente dispone y distribuye.

Piotr Kropotkin, otro gran referente del pensamiento anarquista, expresa muy claramente, en su libro La conquista del pan, que el trabajo productivo se realiza en sociedad, es decir, a partir de la confluencia de múltiples factores históricos y contemporáneos. Esto significa que se trabaja usando materias primas y herramientas, pero también rutas y caminos, toda la infraestructura social, todo el conocimiento acumulado por la experiencia colectiva de generaciones a lo largo de la historia humana, etc. Esto viene a decir que, siendo que la producción económica es realizada por la comunión de los esfuerzos sociales, la distribución de las cosas producidas entre todos debe estar orientada a satisfacer las necesidades sociales, y no el beneficio privado. Es la apropiación de lo producido en manos privadas lo que constituye la explotación.

De manera que, guiados a un tiempo por Proudhon y Kropotkin, arribamos a la idea de que la explotación no se resuelve con un salario más o menos alto. Mientras exista la propiedad privada existirá la explotación, y, en estas condiciones, siempre habrá alguien que pague desproporcionadamente con su precariedad la acumulación lujosa de los otros.

La desigualdad económica, cuya matriz es la explotación social a través de la propiedad privada, se advierte en la expoliación de los trabajadores, es decir, de quienes no tenemos sino nuestro trabajo para obtener algo de la riqueza social. Esta expoliación consiste en una transferencia forzada de riqueza de una parte de la sociedad a otra. Y decir “transferencia forzada de riqueza” no es otra cosa que decir lo que todos conocemos bien: robo.

En síntesis, diciendo con Proudhon que “la propiedad es el robo”, podemos resumir este apretado análisis imaginándonos un pequeño grupo de náufragos que se asocian para construir una balsa pero que, al momento de salir al mar, algunos deciden que la embarcación les pertenece y dejan afuera a los demás. El problema más grave está, claramente, en que los demás se quedan en la isla diciéndose que es justo, porque les han dejado unas cuantas galletas a cambio. Si a eso le agregamos el agravante de que en muchas ocasiones quienes se apropian de la balsa ni siquiera trabajan, con la excusa de que han aportado para el velamen las camisas que traían puestas, nuestra fábula comienza a parecerse a lo que llamamos capitalismo.

Lo que refrendamos cada 1 de Mayo es que será nuestra organización y nuestra lucha las que nos permitan emanciparnos del dominio que los propietarios tienen sobre los desposeídos. Pero, muy especialmente, que esa emancipación no puede realizarse jamás mientras exista la propiedad privada como basamento económico de la sociedad. No podemos dejarnos seducir por cantos de sirena. El hecho de que un aumento circunstancial del empleo, o una suba circunstancial del salario, atemperen por un momento la precariedad de algunos, no resuelve para nada un problema que es sistémico y colectivo. Además, todo lo que sube baja, y ya estamos viendo cómo comienza esta etapa de ajuste en la que nuevamente veremos adelgazar nuestros bolsillos y vaciarse nuestras mesas.

Por eso, una vez más, el 1 de Mayo no es un día de fiesta y no es un feriado. Tampoco es un día de orgullo identitario de los trabajadores. Es un día encuentro, debate y reflexión colectiva destinados a la organización emancipativa de los trabajadores.




Texto escrito para el número de Mayo-Abril de Organización Obrera(http://entornoalaanarquia.com.ar/2012/05/03/plusvalor-la-propiedad-es-el-robo/)